Desde hace un tiempo, el cine ha estado explotando en una variada serie propuestas estéticas y narrativas que se alejan bastante de lo que llamamos cine tradicional. Los profesores de guión y dirección de fotografía la han tenido dura hace años ya, cuando los alumnos ansiosos que aún no terminan de entender la Poética aristotélica, o la iluminación básica para primeros planos, ya están levantando sus manitas ¿Y cómo Charlie Kauffman hace tal y tal cosa? ¿Y Como La Celebración esto y esto otro? ¿Y Corre Lola Corre? ¿Y Spike Jonze?.<<<Leer Más>>>
La profetizada democratización de las artes audiovisuales ha permitido también, que cualquier patipelado con una cámara semi-decente haga una película y reviente las boleterías (The Blair Witch Project) o deje boquiabiertos al público y la crítica (Tarnation, comentada en el post anterior) dándole pelea o hasta tirando a segundo plano a las superproducciones del momento.
Sano y vigorizante ejercicio, el de zambullirse en la miríada de propuestas que nacen cada vez con más velocidad. Pero como desde ahora mismo quiero alimentar a este viejo testarudo que crece en mí (una especie de Abraham Simpson), y que le gusta a veces remar a la contraria, me he metido también en la ruda tarea de buscar en las ruinas de la cinematografía mundial. Excavando como un arqueólogo demente, me encontré bajo una capa de sedimentos que data de los años treinta, con un par de películas de un caballero llamado Mervyn LeRoy, también comentado en esta página.
El cine de LeRoy o mejor dicho, las películas que ví, son un hallazgo precioso. “Little Caesar”, de 1930 y “I Am a Fugitive From A Chain Gang” de 1932. Cine gringo pre Orson Welles, y pre Marlon Brando. ¡Uf! ¡¡Agarráte Catalina que vamoh a navegáh!! Ahora entiendo lo revolucionarios que fueron esos tipejos.
Little Caesar, por sobre todo. Planos generales y medios, frontales siempre. Poquísimo más. Un primer plano por ahí en el clímax. Detalle de un reloj en una escalofriante escena en la que Edward G. Robinson se da cuenta que sus “amigos” no lo valoran lo suficiente como para pagar por el regalo zalamero que le hacen cuando está en la cúspide del hampa. Un reloj robado… ¡Puaj!
Las actuaciones, parecen ser hijas de interpretaciones de la era silente, y del radio teatro. O, mejor explicado en las palabras de un amigo: La vieja gorda pone cara de vieja gorda y voz de vieja gorda.
Las escenas son al pan, pan y al poto, poto:
Un hueón de la pandilla se siente abrumado por la culpa y va a contar todo al sacerdote. Escena siguiente. Al culposo lo cuecen a balazos en la escalinata de la iglesia. ¡Pum! Caso cerrado. Escena siguiente. No se habla más del asunto.
Little Caesar es el jefe de la mafia. Pero comete el grave error de amenazar al tipo equivocado. Dos escenas más tarde, Caesar está borracho y pobre como una rata en un albergue. ¡Pum! The End. Se acabó la hueá. Váyase pa” la casa. Espero haya disfrutado la función.
Ver Little Caesar se sintió narrativamente como ver esas historias que venían en el View Master (¿Se acuerdan del View Master?) Corto, tosco y al hueso.
Creo que si no hubiese escuchado a los Sex Pistols tres años antes de verla, no me habría gustado para nada. Pero la verdad es que la disfruté con intensa perversidad.
Recomiendo al ejercicio. Vaya con las botas puestas, eso sí.













Hay que situarse en el tiempo-espacio
El cine al igual que todas las manifestaciones artísticas tiene y debe ser un reflejo de las sociedades, bajo un contexto contemporáneo.
Antes que los puristas den un salto a golpearme con un "nó" por argumento, hablo en términos generales. Dejando ceteris paribus la vanguardia en estos casos. El corriente del cine solo hace cine corriente. Olvidandonos del cine Francés, el alemán y el ruso de la época (y del shileno.. pedrito siena ya estaba en esas fechas) queda en el mundo un cine gringo naciente, buscando un estilo, una identidad. Algo que respondiera mas a su identificación y no un vanguardista cine aleman, un político ruso, un mágico cine francés… Si pensamos que hablas de 1930 en EUU recién pasaba un año que había comenzado su "gran recesión" yel cine perfectamente podría haber sido destinado a la entretención. Casi el equivalente a la televisión en nuestros días.
En cuanto a eso que hablas de los profesores.. uff… ¿sabes?. Con el tiempo he llegado a pensar que todos nuestros profesores (que sé que compartimos), al menos las autodenominadas lumbreras cinematográficas, son una tropa de estúpidos, egocéntricos, autoreferentes, cuadrados y no abiertos al diálogo. Siempre abocados primero, segundo y tercero, a sus intereses personales convirtiéndose en momias petrificadas por la baba naciente de su reflejo onanista (dos manos). Puajjj!. Siendo algunos parte de la historia de nuestro cine se preocupan por trascender.. ja!.. vamos a ver como trascienden si los muy estúpidos en su ceguera castran el avance de la industria. El cine chileno, para avanzar, necesita líderes altruistas. Gente con ganas de contar hitorias. Llenas de emoción, de entrega. No esa tropa de babosos egoistas, dedicados a proyectar su película al costo que sea y, de paso, meterse un par de morlacos al bolsillo.Prefiero el cine punk. Al menos se hace entre amigos.Saludos
—T.PD: Helvio Soto.. ¡solo tu te salvaste!. Ídolo.
nada de huevadas de lirismo y simbolismo
Cine punk y nafatalínico. Debe ser como John Lee Hooker, con guitarra de palo, medio desafinado, e insultando a todas las mujeres que pasaron por su alcoba. Hágame copia.
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